Mucha gente cree que la duración de un coche es una lotería: «Si te sale bueno, dura; si no, al desguace». Y aunque la calidad de fabricación importa, la realidad es bastante menos mística. El factor decisivo para la salud de tu vehículo eres tú.

De nada sirve tener el bloque motor más robusto del mercado o la inyección más avanzada si, al sentarte al volante, ignoras cómo funciona la física básica. Vemos a diario conductores que llegan al taller con turbos rotos o embragues destrozados, averías que cuestan un dineral y que podrían haberse evitado cambiando pequeños gestos.

En Biotek Aditivos sabemos que la química protege el motor desde dentro, pero esa protección solo es efectiva si conduces con cabeza. Aquí tienes los hábitos reales que diferencian un motor que llega nuevo a los 300.000 kilómetros de uno que pide la jubilación anticipada.

1. El arranque en frío: Los segundos críticos

El mayor desgaste de un motor no ocurre en la autopista, sino en el garaje, justo al girar la llave. La culpa es de la gravedad.

Cuando el coche lleva horas parado, el aceite escurre hacia abajo, al cárter. Esto deja la parte superior del motor (como el árbol de levas y las válvulas) prácticamente seca. Al arrancar, la bomba de aceite necesita un breve lapso de tiempo para impulsar el lubricante hacia arriba. Si aceleras nada más encender, estás provocando una fricción de «metal contra metal».

Cómo hacerlo bien:

Paciencia de 10 segundos: No inicies la marcha al instante. Gira la llave y aprovecha para ponerte el cinturón o conectar el móvil. Esos 15 o 20 segundos son suficientes para que la presión de aceite se estabilice.

Suavidad al inicio: Una vez en marcha, ten cuidado. El agua se calienta rápido, pero el aceite tarda mucho más. Aunque veas la aguja de temperatura en 90ºC, el lubricante puede seguir frío y espeso. Evita pasar de 2.500 revoluciones durante los primeros 15 minutos. Tu motor te lo agradecerá.

2. Las revoluciones: Ni ahogado ni al corte

Hay un mito muy extendido que dice que conducir a muy bajas revoluciones siempre ahorra combustible y cuida el motor. Cuidado con esto, porque es una verdad a medias que puede salir muy cara.

Circular en marchas largas a baja velocidad (el famoso lugging o ir «ahogado») y pisar a fondo para recuperar velocidad es letal. Sometes a las bielas y al cigüeñal a una vibración y un estrés mecánico terribles. Además, los motores modernos, sobre todo los diésel con filtros de partículas, necesitan «alegría» y temperatura para quemar la suciedad. Si siempre vas pisando huevos, acabarás con la admisión llena de carbonilla y luces de avería en el cuadro.

El equilibrio: Tampoco hace falta ir al corte de inyección. Lo ideal es moverse en la zona de par óptimo (suele estar entre 1.800 y 3.000 RPM en diésel). Y no tengas miedo de estirar una marcha al incorporarte a una autovía; eso ayuda a «despejar la garganta» del sistema de escape.

3. El turbo también necesita descansar

Casi todos los coches actuales llevan turbo. Esta pieza gira a velocidades absurdas (más de 200.000 vueltas por minuto) y se pone al rojo vivo. El problema llega cuando paras de golpe.

Si vienes de un viaje por autopista y apagas el motor inmediatamente al llegar, la bomba de aceite se detiene. El aceite que queda atrapado dentro del turbo, que está ardiendo, se «fríe» literalmente. Se convierte en carbón y piedra, lijando el eje del turbo por dentro.

El hábito que salva tu cartera: Antes de apagar el motor tras un trayecto, déjalo al ralentí un minuto. Solo un minuto. Esto permite que el aceite circule y rebaje la temperatura del turbo progresivamente. Es el minuto más rentable que invertirás en tu coche.

4. Manías que destruyen la transmisión

A veces el motor está bien, pero nos cargamos la forma de transmitir la potencia. Hay dos vicios posturales que son destructores silenciosos:

La mano en la palanca: Muchos usan la palanca de cambios como reposamanos. Esa ligera presión constante fuerza las horquillas selectoras internas y provoca holguras. La mano, al volante.

El pie sobre el embrague: Dejar el pie izquierdo apoyado en el pedal, aunque creas que no estás pisando, a menudo acciona levemente el mecanismo. El disco patina de forma imperceptible, se calienta y se desgasta prematuramente. Usa el reposapiés, que para eso está.

5. Combustible, limpieza y aditivos

El combustible es la sangre del coche. Y apurar el depósito hasta la reserva es una pésima idea. El fondo del tanque acumula posos y humedad con los años; si conduces en reserva, la bomba absorbe esa suciedad y la manda directa a los inyectores.

Aquí es donde entra el mantenimiento preventivo. Incluso conduciendo bien, los combustibles actuales generan residuos. Por eso, en Biotek recomendamos el uso periódico de tratamientos de calidad. No sustituyen a los servicios de reparación mecánica cuando algo ya está roto, pero son la mejor herramienta para que no se rompa.

Mantener los inyectores limpios y la bomba lubricada asegura que el coche responda al acelerador con agilidad, facilitándote una conducción suave y eficiente.

Tú tienes el control

Alargar la vida útil de tu vehículo no requiere un máster en mecánica, solo un poco de sentido común y empatía con la máquina. Esperar al arrancar, dejar enfriar el turbo y no conducir ahogado son gestos gratuitos.

Si a estos buenos hábitos les sumas una «higiene interna» adecuada mediante aditivos, tendrás un coche que no solo dura más, sino que funciona mejor cada día.

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